29 diciembre 2017

Bajo la arena / Sous le sabre, de Francois Ozon

Francisco Peña.

Francois Ozon crea en Bajo la arena el retrato extraordinario de una mujer en la década de los cincuenta años, con su cotidianeidad, fortaleza y fragilidad como ser humano.


A contracorriente del cine comercial estadounidense donde se idolatra la adolescencia como edad y la superficialidad como actitud, Ozon entra en Marie Drillon (Charlotte Rampling) en el momento en que es golpeada por la vida.

El director francés dedica los primeros momentos de su cinta a captar la cotidianeidad de un matrimonio con 25 años de casados, que ya ha establecido sus hábitos y que se conoce mutuamente en todos los detalles.



Los desayunos, los momentos antes de dormir, las pláticas diarias sobre las actividades convencionales y hasta las vacaciones parecen no deparar ya ninguna sorpresa al matrimonio Drillon, pero bajo ese manto hay pequeñas tensiones, distracciones y silencios, como en toda pareja.

Frente a este contexto, Ozon hace que Marie Drillon se enfrente al giro más amargo de su vida y entrega al espectador las reacciones de esta mujer. El giro se da a partir de la desaparición (¿suicidio?, ¿accidente?) de su marido en la playa al perderse en el mar.



El hecho afecta profundamente a Marie, que en primera instancia parece resistirse a la realidad, e inclusive menciona al marido como si estuviera vivo ante sus amigos.

Ozon capta la realidad de Marie y como se ve afectada su cotidianeidad a partir de los pequeños detalles. En su ir y venir en la vida diaria, el director subraya los cambios en la mujer y como éstos implican que la soledad se introduzca lentamente a pesar de la negación psicológica de la muerte y de aferrarse a la condición de desaparecido de su cónyuge.

No se trata en ningún momento de una mujer dependiente de la figura masculina, ni que ponga su vida al servicio del hombre, ni nada por el estilo. Marie es independiente, tiene sus amistades, pretendientes, trabajo propio. Su vida no está centrada en el marido pero si era compartida entre dos seres humanos.

Pero si existe una mutua relación profunda cimentada a lo largo de años de convivencia. De hecho el marido, Jean Drillon (Bruno Cremer) aparece en circunstancias especiales en el ambiente hogareño: es una presencia amigable que evoca la memoria de Marie.

Los detalles y hábitos como comprar corbatas, comida en el super, el pago de las cuentas y ese tipo de cosas se entrelazan con el nuevo pretendiente de Marie, el editor Vincent (Jacques Nolot). Pero a pesar de la relación sexual –que ella controla-, la comparación es desfavorable porque es “demasiado ligero”.


Esta mujer de 50 años, autónoma, con vida sexual activa por propia decisión, inteligente y capaz, es un personaje valioso en el cine actual, porque da presencia en pantalla a un amplio sector de mujeres desplazadas como tema principal del cine comercial que domina en el mundo. Niñas, adolescentes, jóvenes brincan por todas las pantallas; la mujer madura o anciana no tiene presencia en la industria porque no deja ganancias.

Pero este rescate de un personaje femenino maduro no es lo único valioso de la cinta de Ozon. También lo es el hecho de plasmar en pantalla la psicología femenina enfrentada a situación de crisis y sus cambios provocados por el vacío que deja una separación forzada del compañero.


Esto lo remarca Ozon cada vez que el mundo exterior cuestiona a Marie sobre la desaparición o suicidio de su marido. El descubrimiento de un cadáver, un traje de baño y un reloj, la conversación álgida y de confrontación con la suegra, van corroyendo su seguridad y la devuelve a la realidad.

El primer punto de quiebre donde Ozon muestra estos cambios internos y el afloramiento de la inseguridad de su personaje femenino es en una de las mejores escenas de la cinta. Marie da clases y lee un fragmento de Las Olas, la excelente novela de la autora inglesa Virginia Woolf. Charlotte Rampling, con esa admirable dicción inglesa, recorre varias frases hasta ser confrontada por la mirada de un alumno (que estuvo en la búsqueda del marido en la playa). A partir de ese momento pierde su seguridad, la dicción se rompe y se vuelve trastabillante.

Es sólo un punto donde Ozon se asoma a la mente de su protagonista.

Otro es cuando Marie está a punto de alquilar un departamento y casi se desmaya al asomarse a la ventana. Lo que ve le recuerda la muerte. En contrapartida están sus fantasías sexuales, donde manos anónimas recorren su rostro.


Ozon logra que la cinta transcurra ágilmente a pesar de poner en pantalla los tiempos muertos de la vida de Marie, los instantes de soledad y dolor. Pero Ozon, a diferencia de otros realizadores, no confunde los tiempos muertos del personaje con los “tiempos muertos” fílmicos donde se muere el movimiento, esencia del cine.

Su cámara se concentra en el rostro del personaje y deja que la actriz ponga la tensión, el movimiento en pantalla; o bien, mueve la cámara, realiza tomas más breves en duración, o recorre los ambientes describiéndolos. De esa manera, los tiempos muertos del personaje no derivan en aburrimiento del espectador sino en una observación de lo que acontece en el interior de Marie.


Claro, nada de esto sería posible sin la presencia de Charlotte Rampling en el papel de Marie Drillon. Esta mujer, de 56 años, es una de las actrices de culto más reconocidas en el cine. Basta citar parte de su filmografía en el cine inglés, italiano, estadounidense y francés: La caída de los dioses (Luchino Visconti), Zardoz (John Boorman), Giordano Bruno (Giuliano Montaldo), Stardust Memories (Woody Allen) entre otras y, quizás su cinta más polémica, Portero de noche (Liliana Cavani).



Charlotte Rampling da cuerpo al personaje y llena la pantalla aun en el silencio, en la postración, en la ansiedad. Su rostro, que ya marca el paso del tiempo, tiene la innegable belleza de su edad y, a partir del rostro como herramienta de actuación, podemos ver las luces y sombras de Marie Crillon.

Para el cinéfilo, la actuación de Charlotte Rampling es uno de los platos fuertes del film de Ozon en particular.

También Ozon busca que el espectador participe en forma relevante en la cinta, al dejar el final abierto a su interpretación. Con la primera y única vez en que Marie llora, la escena final en la playa adquiere connotaciones emocionales que debe resolver el cinéfilo.


Luego de convivir con Marie Crillon e involucrarse en sus emociones, el espectador tiende a revisar lo ocurrido a este rico personaje lleno de matices. De esta manera Ozon –gracias a las tres mujeres que participaron en la escritura del guión:  Emmanuelle Bernheim, Marcia Romano y Marina de Van- incorpora a un personaje inolvidable en la galería de sus films y en la memoria de los amantes del cine.


BAJO LA ARENA. Producción: Arte France, Euro Space, Fidélité Productions, Aut. Et Court, Olivier Delbosc, Marc Missionnier. Dirección : Francois Ozon. Guión: Emmanuelle Bernheim, Francois Ozon, Marcia Romano y Marina de Van. Año: 2000. Fotografía en color: Antoine Héberlé y Jeanne Lapoirie. Música: Phillipe Rombi. Intérpretes: Charlotte Rampling (Marie Drillon), Bruno Cremer (Jean Crillon), Jacques Nolot (Vincent), Alexandra Stewart (Amanda). Duración : 96 minutos. Distribución: IMCINE.