16 abril 2017

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Pianista, LA / La Pianiste, de Michael

Francisco Peña.


La película es muy compleja por el tema que trata y la forma en que lo expresa. Es muy probable que para el gran público aparezca como un interrogante que no puede resolver por el tema; fría por la puesta en escena que eligió Haneke; controvertida por el tema e inverosímil por su desarrollo.



Sin embargo, para el cinéfilo que ha luchado por especializarse, por abandonar los terrenos del cine comercial y adentrarse en otros tipos de expresión cinematográfica encuentra fascinante a La pianista.

Con este enfoque pueden resultar incomprensibles para muchos los premios otorgados en Cannes; para otros, quizás los menos, representan el hecho de que se reconoció una calidad muy especial: una puesta en escena que pocas veces se obtiene en pantalla.

Esta película descarnada, seca, de mucha tensión psicológica y física, se adentra en el laberinto existencial de donde emanan las conductas sadomasoquistas. Haneke presenta las dos caras de la moneda en el personaje de la pianista Erika Kohut, actuada magistralmente por Isabelle Huppert.


Desde el inicio de la cinta, el director plantea una situación asfixiante para Erika. La mujer llega tarde a su casa luego de perderse varias horas en la ciudad de Viena. Su madre (Annie Girardot) la recibe con una serie de reclamaciones abrumadoras por su número y violencia.

Es claro el mecanismo de chantaje emocional que sufre Erika. Bajo las reclamaciones se esconde una madre controladora, opresora y profundamente egoísta. La pianista cede ante su madre y se da una supuesta reconciliación entre ambas en medio del llanto.


Pero sólo es un respiro. Como duermen juntas, la madre reinicia su discurso demoledor que encierra cada vez más a Erika en sí misma.

La corriente de presión de la madre sobre su hija tiene una razón de ser. Ha invertido todo (dinero, emoción, vida) para que sea una concertista famosa. Nadie puede entender o tocar a Schubert como Erika.


La presión constante para que esta idea se convierta en realidad conlleva un profundo egoísmo por parte de la madre. Erika no le importa como ser humano: sus sentimientos, cansancio, esfuerzo no importan. Tiene que ser perfecta y nadie puede superarla. La madre ve el triunfo de la hija como el suyo propio.

La relación destructiva madre – hija se hace más clara al ver su contrapartida en la pantalla. La joven concertista Anna Schober sufre las mismas presiones por parte de su madre. Muestra como, probablemente, comenzó todo. Las hijas son una inversión y no seres humanos; el origen de las distorsiones se hace patente porque no hay tiempo para la vida personal de las jóvenes, sometidas a una disciplina que se vuelve inhumana.


La imposibilidad de encontrar una salida a su situación conduce a Erika a convertirse en una sádica con las otras personas con quien tiene contacto. Al ser maestra en el Conservatorio, puede aplicar duras medidas disciplinarias a sus alumnos, y se rodea de una actitud gélida y distante con el resto del profesorado.

Supuestamente Erika tiene como vía de salida de sus problemas emocionales a la música. Es conocedora al detalle de la obra de Schubert y Schumann, lo que se reconoce en pequeños grupos de especialistas. Pero Erika no es una concertista famosa sino que toca para pequeños grupos.

En un concierto privado conoce al joven Walter Klemmer (Benoît Magimel) que también conoce de música. Walter se enamora de Erika pero lo que obtiene de ella es frialdad y se establece una especie de competencia.


La dureza y sadismo de Erika se extiende directamente sobre dos de sus alumnos. Un chico y una joven, que es una promesa como ejecutante especializada precisamente en Schubert.

Luego de que Haneke ha planteado a sus personajes, sus ambientes y el problema que se anida en la conducta de Erika, da una vuelta de tuerca a su historia. La maestra de piano, la especialista en Schubert, se presenta en una tienda porno, impaciente por entrar a una cabina privada, donde ve escenas hardcore.

La cinta da otro paso en su desarrollo cuando Walter concursa para ser admitido en el Conservatorio, específicamente en la clase de la maestra Kohut.


A lo largo de toda la cinta, la actuación de Huppert es dura, seca, pero magnífica. Logra dar los distintos matices de su personaje, de lo que ocurre en su interior, con mínimos gestos y reacciones. La dureza de su rostro no impide la observación del público sino que la alienta. Isabelle Huppert, con pequeños movimientos de los ojos, con la dirección de la mirada, con la entonación, con ligeros gestos, y con el contenido movimiento de su cuerpo, va construyendo la personalidad de Erika Kohut.

Una de las escenas que marcan este magnífico trabajo actoral es cuando Walter se presenta al examen de ingreso al Conservatorio y toca varias piezas. A lo largo de la escena del recital la cámara se concentra en el rostro de Erika – Huppert. El juego entre la música y las ligeras reacciones de Erika marcan su molestia, su reconocimiento del potencial de Walter, su miedo envuelto en desprecio y una inquietud bajo férreo control.


El hecho de que surja otro hábil ejecutante de Schubert (ya son dos) la conduce al autocastigo en un plano secuencia, de extrema dureza, en el baño de su casa. Pero ni siquiera en el baño tiene privacidad Erika, la voz de su exasperante madre penetra la puerta.

Haneke ha planteado ya las dos caras de la moneda en que vive Erika: sadismo público, masoquismo privado.

Cuando alguien se asoma a la mezcla de estos dos ámbitos es ferozmente castigado. Uno de sus alumnos la encuentra en una tienda porno y no se explica su presencia. En la siguiente clase el joven es objeto de una abierta agresión por parte de Erika. El sadismo toma la forma de un violento y humillante abuso verbal.

Esta escena en que Erika se ceba sobre su víctima está reforzada por la imagen de Erika – Huppert: el pelo recogido, el gesto adusto, la ropa negra…

Pero Walter no es un jovencito sino un hueso duro de roer. Consigue entrar en la clase de Erika Kohut a pesar de su oposición pública. De entrada lo recibe con frialdad y busca herirlo: “No te interesa la música sino el éxito”. Walter contraataca con la verdad: le dice que la ama y quiere una relación con ella.


Esto provoca que algo se rompa en Erika, pero el cambio toma la forma de voyeurismo: la maestra espía a su alumno.

La mezcla detonante madre – hija se reafirma con las nuevas conductas de Erika. Mientras la maestra se mete a un autocinema para ver a una pareja hacer el amor, la madre (por su retraso) busca a su hija y termina por destrozar su ropa.


Ahora Erika, aunque no da pie a ninguna relación, considera a Walter como propio.

En los ensayos para el concierto de gala del Conservatorio Anna Schober sufre una crisis. Quien le da seguridad y la apoya es precisamente Walter. Todas las acciones de los dos jóvenes son observadas por Erika.

De nuevo, se necesita ser una actriz fuera de lo común para transmitir al espectador las emociones de un personaje con tan pocos recursos de expresión. Huppert, con una economía actoral que deslumbra, muestra a Erika en uno de sus momentos de maldad refinada. La maestra de piano toma una decisión y la ejecuta con una fría precisión. Prepara detenidamente una trampa a Anne Schober que la mutila y parece acabar con su carrera.

El siguiente paso de Haneke, luego de esta dura escena, es la primera confrontación real entre Erika y Walter en un baño del Conservatorio. Ahora si, los ámbitos público y privado de Erika comienzan a perder sus fronteras.


De los besos frenéticos pasan a la masturbación. Pero Erika impone sus reglas sádicas al joven, y se resiste a seguir las conductas normales del amor que él le solicita. La escena no es erótica sino casi deshumanizada; enfrenta la perplejidad humana de Walter (“es enfermizo lo que haces”) con los recovecos mentales de Erika expresados en su sadismo (“la emoción no vencerá a la inteligencia”). En este asalto Walter cede y Erika acepta tener más encuentros siempre y cuando obedezca sus instrucciones escritas.



Finalmente Walter entra al departamento de Erika y conoce a su madre. Ambos se encierran en la recámara y bloquean el acceso. La madre jode, insiste y trata de entrar al cuarto; sin embargo, este hecho es parte de la fantasía sexual de Erika. La madre aislada e impotente mientras ella da curso a sus deseos sexuales codificados.


Las fronteras entre sadismo y masoquismo se derrumban. Walter está en el ámbito privado y se lleva una sorpresa. Las instrucciones son una larga carta escrita a mano, a renglón cerrado y con detalles precisos de conducta que marcan con exactitud la conducta masoquista de Erica.


Huppert crea una de las secuencias más duras de la cinta al mostrar el cambio de actitud de Erika en segundos. Ante los ojos del espectador, Huppert realiza un largo monólogo sin que la cámara corte, donde Erika “confiesa” su masoquismo.

Supuestamente liberada de su secreto, la mujer saca todos los implementos descritos en la carta para que Walter asuma el papel de sádico en la relación sexual que ella propone. Walter se niega y sale.



Erika, a su manera, ha tratado de tomar contacto con otro ser humano y ha fracasado.

Haneke no cede en la presión sobre su personaje principal. La siguiente escena es en el dormitorio entre madre e hija. En otra escena descarnada, aumenta la presión psicológica de la madre sobre la hija: lo único que importa es que Erika se concentre en su papel de concertista, ya que suplirá a Anna Schobel en el concierto de gala y nunca se sabe quien puede acudir, quien puede “descubrirla” en el evento. El remolino emocional de Erika no tiene salida.

A partir de este punto de la cinta, Haneke desarrolla las consecuencias de la conducta de sus personajes con un contundente determinismo trágico. Erika asume abiertamente su conducta masoquista y se humilla ante Walter. De hecho acepta buscar una relación con las reglas de él y no las suyas, pero es demasiado tarde.



Walter se desequilibró al conocer la propuesta original de Erika y, ahora que los papeles si están cambiados, tampoco se concreta la relación. Erika abre un resquicio de humanidad pero se encuentra ahora a un Walter que cumple su rol de sádico. La escena del desencuentro final de la pareja, de nuevo en el departamento, es la más álgida de la cinta. Pero es precisamente en ella donde ambos actores vuelcan toda su capacidad en beneficio de sus personajes.

El espectador tiene que concentrarse en esta escena, a pesar de estar inmerso en el momento más duro de la cinta.

Es allí donde puede dar el salto cualitativo para intuir porque esta cinta es magnífica en su realización y puesta en escena. Este es el punto que separa al cinéfilo del público no especializado: entender la sutileza de otras formas de hacer cine, ver la excelencia de un trabajo actoral minimalista, sumergirse en el ambiente rarificado de un universo narrativo que plantea situaciones límite o poco comunes.


Esta intuición del cinéfilo le permite también abordar el final de la cinta de Haneke. En apariencia es un “no final”, pero en realidad es la última vuelta de tuerca aplicada a Erika. Ella no sólo vuelve a su situación primigenia sino que ahora tiene la conciencia de lo que ha recorrido desde que conoció a Walter. Sus intentos por tener contacto con el exterior, por expresarse de alguna manera aun dentro de sus códigos distorsionados, han fracasado. Su única conducta posible es la autoagresión.

Haneke entrega al espectador una película no comercial pero excelente. Apoyado en magníficas actuaciones logra adentrarse en los recovecos psicológicos de los personajes. No se queda en una descripción de conductas, de situaciones, sino que con los mínimos elementos necesarios borra las fronteras entre el sadismo y masoquismo en que se desenvuelve Erika.


El retrato de La pianista, crudo y descarnado, impacta por su precisión. Haneke recorre con maestría la delgada línea que separa un drama de corte sexual de la posible pornografía; que deslinda el arte cinematográfico de las manifestaciones pseudoeróticas del porno soft.

Michael Haneke jamás cruza esta delgada línea sino que mantiene al espectador en el tenso laberinto de emociones y conductas de Erika Kohut. Claro, mucho de este logro está cimentado en la excelencia actoral de Isabelle Huppert, que tiene esa rara habilidad de mostrar el desequilibrio de un personaje con pocos elementos.


De dicha habilidad ha dado muestra desde el inicio de su carrera, por lo cual sólo basta recordar la actuación de Huppert en La bordadora / La Dentelliere, de Claude Goretta, realizada en 1977, cuando sólo tenía 22 años. Aquí tiene 46 y está en la cima de su capacidad artística.

En resumen, La pianista es un film para el cinéfilo ya formado. Para quien capta un trabajo fílmico especializado que aborda, sin rodeos y con un resultado excelente, otra forma de hacer cine.

LA PIANISTA / LA PIANISTE. Producción: Les Films Alain Sarde, MK2 Productions, Wega Film, France Cinéma. Dirección: Michael Haneke. Guión: Michael Haneke, basado en la novela homónima de Elfriede Jelinek. Año: 2001. Fotografía en color: Christian Berger. Edición: Monika Willi y Nadine Muse. Con: Isabelle Huppert (Erika Kohut), Benoît Magimel (Walter Klemmer), Annie Girardot (madre), Anna Sigalevitch (Anna Schober), Susanne Lothar (Sra. Schober), Udo Samel (Dr. Blonskij). Duración: 130 mins. Distribución: Cinemas Nueva Era.